Sobre Ser Perezoso
La pereza tiene mala fama. Nos criaron diciéndonos que hay que trabajar duro, ser productivos, no perder el tiempo. Esa lectura me parece perezosa en sí misma: demasiado cómoda para un fenómeno que merece más de diez segundos de atención.
¿Qué es la Pereza?
En su forma más cruda, la pereza es resistencia al esfuerzo. Puede ser no levantarse del sofá o posponer una tarea importante semana tras semana. La pregunta que me interesa no es qué es, sino por qué aparece, y la respuesta casi nunca es “porque soy un vago”.
Hay quien la explica como respuesta evolutiva: nuestros antepasados conservaban energía porque no sabían cuándo comerían de nuevo. Otros la leen como señal de alarma frente al estrés o la ansiedad que genera una tarea específica. Las dos me parecen plausibles. Y las dos son más útiles que “ponte las pilas”.
Ejemplos de Pereza Productiva
Lo que se menciona menos de Edison es que era obsesivo con la eficiencia. Sí, decía que no hay sustituto para el trabajo duro, pero si algo podía simplificarse, lo simplificaba sin dudar. Su impulso no era el esfuerzo por el esfuerzo, era el resultado. La pereza inteligente, la que se niega a gastar energía en lo que no importa, terminó generando inventos que redujeron el trabajo de millones.
Bill Gates lo dijo más claro y sin adornos: elegiría a una persona perezosa para un trabajo difícil porque encontrará la manera fácil de hacerlo. El programador que no quiere repetir un proceso manual lo automatiza. El ingeniero que odia las reuniones de una hora aprende a resolver lo mismo en un mensaje. La pereza con dirección no es un defecto de carácter, es un mecanismo de optimización que la mayoría llama disciplina cuando ve el resultado.
La Pereza como Herramienta de Introspección
A veces el problema no es la tarea, es que la tarea no debería existir o no debería ser mía. Cuando me da pereza algo, el primer impulso es ignorarlo y forzarme de todas formas. Funciona, hasta que deja de funcionar.
¿La tarea es difícil o simplemente no me interesa? Son diagnósticos distintos. Si es difícil, la pereza es normal y puedo trabajar con ella: romperla en partes, cambiar el orden, darme un plazo real. Si no me interesa, algo más profundo está fallando: el trabajo, la meta, o la forma en que llegué ahí. Eso no es debilidad, es una lectura honesta que la mayoría suprime con más café y más culpa.
El ejemplo que uso siempre es el gimnasio. Meses sin querer ir no es pereza, es que el gimnasio me aburre profundamente. Cambiar de actividad no es rendirse. Es dejar de hacer trampa.
La Pereza y la Eficiencia
En DevOps existe una regla no escrita que nadie anuncia en las reuniones de onboarding: si tienes que hacer algo más de dos veces, automatízalo. No porque seas disciplinado o previsor. Sino porque eres demasiado flojo para hacerlo una tercera vez, y eso es exactamente lo que debe pasar.
Esa flojera produce scripts, pipelines, herramientas internas, abstracciones que ahorran horas cada semana. El código más útil que he escrito no nació de la ambición ni de ninguna visión estratégica: nació de no querer repetir el mismo proceso manual una vez más. La ingeniería tiene un nombre técnico para esto. Lo llamamos optimización porque suena mejor que admitir que nadie quería hacerlo a mano.
La Pereza en la Cultura y la Literatura
Dante metió la pereza en el purgatorio, específicamente la acedia, la falta de entusiasmo espiritual. Para él era un pecado capital porque significaba alejarse de Dios por pura inercia. Eso dice más sobre la cosmología medieval que sobre la pereza en sí. No me convence como argumento moral.
Melville lo vio distinto, y me parece más interesante. Bartleby responde a cada solicitud con “preferiría no hacerlo” y no cede, nunca. Es perturbador precisamente porque no da razones, no negocia, no pide nada. Su negativa es acto político: rechazo del contrato tácito que firmamos cuando trabajamos para otros. Nadie sabe qué hacer con alguien que simplemente dice no, sin hostilidad, sin drama. En Japón existe el “inemuri”, dormir en público durante el trabajo, que se interpreta no como descuido sino como evidencia de dedicación extrema: alguien tan comprometido que se agota. La misma conducta, lecturas radicalmente opuestas según quién mira.
La Línea Delgada
No estoy romantizando la negligencia, que es otra cosa. Hay una diferencia real entre la pereza que señala algo y la que daña a otros. Evadir sistemáticamente responsabilidades que otros dependen de que cumplas no es introspección productiva. Es un problema con nombre propio y ninguna filosofía lo resuelve.
La pereza que defiendo es la que aparece cuando el sistema exige más de lo razonable, o cuando llevas meses haciendo lo equivocado y tu cuerpo lo sabe antes que tu cabeza. Esa merece atención, no castigo. La otra, la que evita lo necesario por comodidad pura, no tiene aquí ningún defensor.
Heinlein tenía razón: el progreso no lo hicieron las personas diligentes, sino los perezosos que buscaban formas más fáciles de hacer las cosas. Lo que cambia es si esa pereza está al servicio de algo o solo al servicio de no hacer nada. La distinción no siempre es obvia desde adentro, y eso es exactamente por qué vale la pena mirarla.